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Zbigniew Warpechowski

Zbigniew Warpechowski


Una leyenda de la performance polaca: Zbigniew Warpechowski

por Inés R. Artola


Llegó la hora de acercarnos a Varsovia y a su escena artística para visitar no  una exposición sino un acto efímero, único, la performance. Hace unos días tuvimos la oportunidad de ver “en acción” a uno de los fundadores del arte performativo en Polonia, Zbigniew Warpechowski, toda una leyenda que reunió en la galería Monopol en el centro de la ciudad a adeptos y curiosos de varias generaciones, así como alguna que otra cámara de filmación. Quiso empezar puntual, pero ya se había hecho un trato con la galería Lokal 30 que, a pocas paradas de allí y justo antes, celebraba el cierre de la exposición de Józef Robakowski, de la que hablamos en la edición anterior.


Los puntuales tuvimos, así, la oportunidad de ver al artista antes de ponerse en escena y descubrir (los que no le conocíamos hasta entonces) que es una persona sencilla, algo que no siempre sucede en el gremio y que en este caso particular resulta más llamativo si ahondamos en su trayectoria. Warpechowski comenzó sus acciones a principios de los años setenta sin saber aún que eran ya calificadas como “performance” en el extranjero, término que acuñó algo más tarde y que presumiblemente él mismo importó a Polonia.  Las acciones de Warpechowski, vistas para alguien de fuera y con los infinitos años que ya separan este nacimiento de la performance con la actualidad, en muchas ocasiones pueden ser calificadas de sencillas -por no decir casi rudas- y de un gran potencial comunicativo -hasta rozar o hurgar en la violencia-. Hace poco más de un año, el museo Galería Zacheta de la capital le dedicó una amplia retrospectiva en la que el público tuvo la oportunidad de acercarse muy de cerca al artista y su trayectoria.
Warpechowski se ha prendido el pelo de fuego tras rociarlo de gasolina, se ha vestido de Mesías con atuendo de jugador de boxeo, ha entablado diálogos con peces, los ha dejado morir en público, ha metido la cabeza en una pecera hasta no poder aguantar más la respiración mientras que el habitante de la misma daba tumbos sobre la mesa y se ahogaba junto al artista. Cientos de acciones, contadas hasta más de trescientas, en las que el público presencia momentos de violencia metafórica o muy explícita. Pocos elementos, descargas momentáneas de violencia casi agresiva, ataques contra lo básico a lo básico, poesía sui generis, momentánea, sincera, radical.


 “Vanguardista conservador”, título en la incomodidad de lo contradictorio y que, a poco escarbar, sonsaca su sentido, es como el Propio Warpechowski se refiere a sí mismo con cierto tono provocador pero que si miramos de cerca, si observamos al hombre y al artista, los libros por él mismo publicados y, sin ir más lejos, la performance que realizó hace poco en la galería Monopol, confirman este apelativo regresando al estado inicial y la base discursiva del artista respecto a la poesía.


Entrada la noche del martes, pasados unos minutos de las siete, Warpechowski con su bastón se situó frente al público. En el suelo había dos cubos. En la mesa un libro, unas brochas y una bolsa. Comenzó hablando sobre la poesía, sobre su capacidad de ensalzar al hombre. Dijo, y esto es importante y demuestra la sensibilidad empática del artista hombre, que todos nosotros somos poetas, que toda persona lleva un poeta dentro. Siguió discurriendo hasta poner a Slowacki (poeta romántico de referencia en el país y su historia) como ejemplo de verdadera poesía. Verdadera, primer calificativo conservador -señalamos- por no hablar del ejemplo  -Slowacki-. Leyó una página entera  de uno de sus libros. Se puso las gafas y leyó a viva voz, sin entonación histriónica ni nada que se le parezca. Ese era un ejemplo de verdadera poesía, de esa que parece ya no existir. A continuación,  leyó unos versos que tenía apuntados en un papel arrugado. Desordenados, con líneas en varias direcciones, eran ejemplos de poesía moderna que despertó alguna risa en el público por su ingenuidad pero que eran claramente expuestos como eso “que no hay que hacer”.


Llegó el turno de las brochas, de su propuesta personal respecto a la poesía. Pintó con parsimonia la pared en largos brochazos horizontales con una pintura que luego resultó ser cola, transparente. Llegó la hora del segundo cubo. A una distancia óptima, Warpechowski se sitúa frente  la pared con un guante de látex y mete la mano en el cubo, sacando un puñado de tierra mojada y oscura. Lo lanza contra la pared. Así sucesivamente hasta hacer una franja en el muro con sus correspondientes trozos desperdigados por el suelo.


Sentenció que para él el término podía ser, más que POEZA (poesía en polaco)  POEZA (el término suprimiendo la letra jota, i latina en castellano). Un bonito juego de palabras que parece fusionar la disciplina artística con la personificación del que la realiza, esto es: el poeta. Solo una letra de diferencia (en polaco poeta es igual que en castellano) y que emite no solo a la disciplina que se delimitó en tiempos modernos refiriéndose solo  a la palabra, sino también al concepto antiguo quej abarcaba todas las artes y su concepción artística y espiritual.


Coge, así, la tercera brocha y escribe en la pared restregando la tierra pegada en la pared su propio término, POEZA. Después va hacia la mesa, agarra la bolsa y anuncia el público su contenido: un diccionario completo de lengua polaca. Empieza a coger puñados de minúsculos trocitos de papel y a lanzarlos a todo el público. La gente se deja “mojar” por el diccionario, surgen risas, preguntas, los niños juegan, algunos se cogen trocitos en sus manos, otros miran abobados la lluvia. Fin de la representación (¿o presentación?). En todo caso: fin de la acción.


Aplausos.


 Son algo más de las siete y media de la tarde.


Algo que ocupa tan poco tiempo en acción tiene el efecto contrario al ser relatado. Y ahora, aquí, no tenemos espacio de narrar más acciones de este artista y sus posibles implicaciones ideológicas. La performance, así como la instalación, disciplinas artísticas propias de nuestro tiempo con una ya histórica trayectoria, hay que presenciarlas. Es como si el arte llevara la contra a ese concepto bejaminiano de la repetición: ahora, más que nunca, y con todos los medios de reproducción al alcance de cualquiera, el arte hay que vivirlo, experimentarlo in situ.

FOT.:  Zbigniew Warpechowski en la galería Monopol,2015: foto: Inés R. Artola

 

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