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La fotografía ha muerto, ¡larga vida a la fotografía!

La fotografía ha muerto, ¡larga vida a la fotografía!

por Inés R. Artola

 

La fotografía ha muerto, ¡larga vida a la fotografía!

Nos acercamos este mes a un lugar nuevo, a una nueva disciplina en este apartado de artesvisuales.pl y a un nuevo comisario. Los tres puntos esenciales, imprescindibles, en la escena del arte polaco actual  especialmente en el contexto varsoviano.

El salón de Bellas Artes de Varsovia se ha hecho un hueco importante en la vida cultural de la capital. Ha aumentado su espacio significativamente así como su calidad, estando por fin al nivel de lo que late en su interior: las nuevas generaciones de artistas que, a pocos metros, se forman en esta universidad, una de las más preciadas del país.

“Entoptic screening” comisariada por Adam Mazur es una exposición que se ha hecho esperar, según se aclaró en la inauguración el pasado 29 de enero, pero que por fin ha salido a la luz con un excelente resultado. El discurso y la cronología del proyecto resultan ambiciosos, solo factibles en el caso de Mazur, que lleva años profundizando en el campo de la fotografía, como comisario y como autor de innumerables publicaciones.

Visualización de la visión, un Perogrullo de mucha enjundia que nos aproxima a una reflexión tan provocadora como catastrofista, la desmaterialización de la cultura visual.

“La fotografía desaparece y para verla (por primera o última vez) hay que acercarse a una galería de arte, donde los artistas crean y exponen su obra”, leemos en la entrada al catálogo, para terminar sentenciando: “Es posible que hoy la fotografía sea, como hasta hace mucho no lo era, de nuevo actual, una idea extraña y salvaje de un futuro impredecible”. Principio y fin de un medio que no sabemos si desaparece, reaparece, se reformula. En pocas palabras, si presenciamos su muerte o su renacer.
 
En estas profundidades que aúnan el discurso de lo contemporáneo, de refilón con la postmodernidad y ahonda sus raíces en el conceptualismo, se enmarca esta exposición colectiva de fotógrafos polacos que incluye también varias instalaciones. El discurso parece prometedor, aunque también se queda en eso en un principio y luego cae algo empicado por tanta acumulación de dato en la que se echa de menos alguna que otra reflexión a la altura del acontecimiento. La pléyade de autores reunidos resulta más que significativa a poco que estemos familiarizados con la fotografía polaca contemporánea, si bien la falta de apellidos femeninos en las filas deja algo de amargor en la boca, cuestión que el propio comisario hubo de reconocer nada más comenzar. De todos modos, solo son estas un par de gotitas de vinagre que nunca vienen mal.

Sea como fuere lo que también es cierto es que es una exposición exacta en la proporción de objetos y espacio, ni congestionada ni hueca, en su justa medida. Cada pieza tiene su espacio en torno para facilitar su contemplación y oxigenarse debidamente. Ya hemos dicho que la cronología es amplia (para los tiempos que corren) ya que arranca en los años 70. Sin embargo, esto del criterio cronológico aquí no viene muy al caso (hay piezas que resulta difícil de datar por su estética) y citar en orden aleatorio desvelaría ciertos juegos inconscientes y jerárquicos que nos proponemos eliminar desde ya como postulado cuasi ético. Por eso, aunque no resulte atractivo de un primer momento, citaremos a los autores en alfabético, para allanar el camino aunque esté lleno de impredecibles virajes.

Justamente Bakowski es el que abre en este sentido alfabético y de título, pues precisamente la muestra se titula como esta imagen. Una de las obras más inquietantes y minimalistas no solo de la exposición sino de la producción del autor que presenta los leves cambios de percepción ante una simple pared y todo lo que de una superficie puede emanar desde su profundidad quieta. 
 

Bownik va a la esencia de la fotografía actual, a esos momentos de concentración y desconcentración tan humanos (tan fotográficos) en un díptico sencillo, sublime, cercano.

Brzuzewski fotografía el sonido, como lo oyen. Como se ve. Una radiografía de ondas que al tiempo se ondulan en el espacio (real) y  que si no suenan nos recrean el sonido, que si están nos dicen que existen, aunque no los veamos cuando los escuchamos.

Dlubak dice sobre su propio trabajo “la esencia de eso que se oculta en la profundidad de la visión de las cosas. En la visión y, por tanto, en nosotros mismos”, no es necesario añadir más.

Grzeszykowska (de la que ya hemos hablado en otras ocasiones) continúa en su línea con lo corporal, con el defecto, la aberración. En este caso la pupila de su hermano atravesada por una aguja en su infancia.

De Bellmer al psicoanálisis y las vueltas que le queramos dar. Jarnuszkiewicz en una composición fotográfica de espacios que crea al tiempo otras dimensionalidades. Una obra que bien casaría con los proyectos del fotógrafo español Isidro Blasco.

Lewczysnki, que muestra ese paso del tiempo, ese continuum en la historia del arte (en realidad uno de sus pilares y su razón de ser, por modernos que nos pongamos) y que resulta ya un clásico conceptual.

Zbigniew Libera, el artista comisario que tanto dio que hablar, aquí presenta una obra entre la lírica de lo conceptual y la abstracción ingrávida.

Madejska (¡una mujer, la segunda!) interviene en el espacio, prácticamente el único tramo de suelo empleado en la exposición, con una intervención sencilla, de mirada invertía, de formas familiares, de geometrías que en su sencillez dirigen la mirada de un modo rotundo.

Mirczak sueña con “Lo que vi en el agua” de Kahlo, si bien lo que nosotros vemos no tiene nada que ver, ni mucho menos con lo que vio la autora en sueños, con lo que vio Frida en su baño real/onírico ni con lo que vemos nosotros. Las miradas se multiplican. Cuestión de ciencia, individuos, sueños.

Witek Orski hace cierto eco con Bakowski. Pijarski oculta el retrato del retrato en un juego magrittiano pero falto del glamour del surrealista belga. Pus nos ataca con la instalación Paparazzi que se activa con el movimiento en la sala y que arrasa al espectador con los flashes. El día de hoy, la ceguera de mañana.

Robakowski viaja, fotografía, se cuestiona esa supuesta inmortalidad que queremos recuperar para con lo fotografiado: nuestra algo ingenua perpetración de la mirada a través del objetivo.

Roginski y Rogalski se insertan en un fin del mundo poco creíble, no sabemos si por el asfalto o por una construcción que de tan literal que le queda poco o nada de literario. Sacilowski trabaja con la aberración, en este caso técnica. El dedo en la llaga si hablamos de fotografía. Sadowski abrió las entrañas de una lata de Coca Cola. Y qué bien le quedó, mucho mejor que la convencional. Unas tripas por sacar, las de nuestra propia sociedad. Un efecto sublime en un gesto espontáneo sobre lo cotidiano.

Sandowski atrapa en una red a quien se asome. Simon, de discurso diferente pero resultado muy similar a los trabajos del fotógrafo guatemalteco González Palma. Smaga penetra en la intelectualización de la astracción fotográfica prácticamente saturada. Tomaszczyk en un curioso tríptico. Wojnecki en un juego óptico tan artesanal como antiguo.

Una exposición de obligatoria visita. Un texto de necesaria reflexión. Una realidad que todos debiéramos tener en cuenta.

 

 

Que viva la fotografía.


FOT.: Witek Orski: „Lamperia”, 2013–14, 140 x 96 cm

 

 

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