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Los objetos hacen cosas

Los objetos hacen cosas

Objects do things

Inés R. Artola


La nueva exposición en el castillo Ujazdowski varsoviano tiene unas peculiaridades merecedoras de este apartado para el mes de marzo. No es una exposición al uso ni en forma, ni en contenido, ni en programación. “Los objetos hacen cosas” (título que suena mucho mejor en inglés que en castellano o en polaco) resulta ya una inquietante propuesta semántica en la que la imaginación se deja llevar hasta pensar en la vid de los objetos. Una impresión similar a lo que nos sucede al ver un espectáculo de marionetas, y este es precisamente el tema, aunque todo requiere de precisiones que ahora trataremos de perfilar. Un contenido que amarga y ácidamente también nos trae a la cabeza cierto suceso en la capital española. Pero corramos un tupido velo, como en el teatro, y vayamos a la exposición.


La marioneta, que nos trae el recuerdo de la infancia (periodo de la esencia artística desde las reivindicaciones nietzscheanas o más) es la protagonista absoluta. Sin embargo, las vertientes que aquí se manejan y sobrepasan no son en absoluto infantiles.  Joanna Zielinska, comisaria de la exposición, nos dice que los títeres son nuestros “agentes del mundo adulto (…) sacan cuestiones políticas, representan nuestra voz interior y esas debilidades de las que no queremos hablar abiertamente”. Remiten a la infancia, a la cultura popular o de entretenimiento, al tiempo que supusieron una importante fuente de inspiración en los inicios de la vanguardia y la performance. Hemos de recordar que pese a estas referencias, las marionetas a veces hablan muy en serio, casi más que nosotros. Y en ocasiones representan algo más abrupto de lo que podemos soportar.


La escenografía desarrollada en la planta baja del Centro de Arte Contemporáneo con forma de T, contiene peculiaridades como las siluetas dibujadas que se contorsionan en las paredes a modo de letras para clasificar los espacios. Algo interesante (inquietante para los sedientos de datos y ciertamente relajante para los que tendemos a la pereza) son los inexistentes títulos y autores en paredes; a cambio, recibimos un pequeñito y ligero “libro-catálogo-cuaderno de notas-juguete-recuerdo” que cabe en la palma de la mano. Es allí donde encontramos el plano, los títulos, los autores, el texto de comisariado, algún texto muy inspirador e incluso espacio para nuestras notas personales. Todo a medida de un teatro de títeres: diminuto y ligero, pero cargado de contenido. Entramos, así, como Gullivers despistados, sin saber qué espectáculo nos aguarda…


Entrando por el pasillo principal de la T, pasando los trabajos de Shelly Nadashi y Paulina Ołowska (no logramos aún entender por qué precisamente estas obras aren el espacio) en una peligrosa perspectiva directa, nos encontramos en la segunda sala directamente con el sangriento Pinocho de Paul Mc Carthy. Artista residente en Los Ángeles, trabaja en acciones y performances que van mucho más allá de lo establecido, que denuncian las injusticias y abusos sexuales, económicos, etc. Con escenas de una brutal catarsis, se presenta el mismísimo objeto denunciado de forma despiadada, desafiante, desbordando lo digerible por cualquier tipo de sensibilidad. En el vídeo seleccionado para la muestra (Pinocchio Pipenose, Household Dilemma, 1994) el kétchup -sustancia predilecta del artista: pegajosa, viscosa, roja como la sangre- inunda la pantalla. Salsa de tomate (avinagrada) como el sistema americano capitalista que domina el mundo. Pinocho, el niño. Su nariz, la mentira. Jugando con kétchup, con sangre.


A su lado, la escenografía de la inglesa Marvin Gaye Chetwynd para una de sus performances (Deeds Not words, 2009-2016), elementos todos ellos construidos, cosidos, pegados por la artista. Un imponente mundo en miniatura que nos habla de verdades como puños. Detallitos de cajas de muñecas para una película de terror. No lejos de este muestrario, el grotesco mundo escenificado por Mary Reid Kelley (La balada de Dionisos, 2015) una mitología en blanco y negro que nos deja un siniestro sabor amargo de boca. Caricatura seriamente trabajada, mitología clásica plenamente contemporánea. La tragedia que, sí, podemos ver, tal vez gracias a la pátina benévola del blanco y negro. 


En el otro ala,  el trabajo posiblemente más lírico de toda la muestra, el más liviano aunque al tiempo cargado de connotación puramente intelectual, el homenaje a Le Corbusier por parte del artista parisino Pierre Huyghe. Las marionetas del artista y el arquitecto, de la maqueta del edificio homenajeado, del teatro del mundo en el que uno y otro sueñan en “tiempos que no son para soñar” (This is not a time for dreaming, 2004). Poesía muda, ensoñaciones, música. Teatro dentro del teatro. Marionetas que parecen no solo sentir más que los que las vemos, sino de ser más capaces de pensar, y de soñar.


Más adentro, el mexicano Pedro Reyes con su marioneta Baby Marx de amables, rechonchas formas dulcificadas, nos habla de la dureza del sistema que rige el mundo, responsable de vidas y de muertes. Ironía y dulzura afiladas como agujas. Curioso, sí, lo que nos puede llegar a decir una marioneta. En la sala octogonal, el trabajo de Lindsay Seers nos recibe con un chocante, terrorífico, enigmático y atrayente espectáculo. Las marionetas de un marinero de dos cabezas de tez azul (Saillor´s Bill), de tres figuras con grandes pelucas que abren la boca (Chalky Talkie) nos disparan fotografías inesperadamente mediante un mecanismo de sensores. Figuras que son la misma artista como “cámara humana” pues ella misma se insertaba una cámara en la boca y así retrata. Una artista que no habló hasta la edad de siete años, que por primera vez se comunicó cuando vio su propia foto y preguntó “that is me?” y que a partir de los 9 años empezó a fotografiar compulsivamente. Así entramos en su mundo, delirante, de teatro, real. Siendo voyeurs fotografiados.


Hay mucho más en el espacio, pero al nuestro ya va tocando su fin. A la exposición se le añaden performances, teatro, talleres, actuaciones, que la harán viva y presente hasta su cierre en julio. Se nota, se siente, que Zielinska anteriormente estuvo asociada a la Cricoteca cracoviana. Aquí ha realizado un trabajo excelente en forma, contenido y presentación. Y ante todo, en la selección de artistas: una mayoría extranjera que arroja luces, necesarias, que a veces por aquí se echan de menos.
Una gran y original exposición. Sin embargo, la única duda que me queda, la gran pregunta es: ¿dónde y por qué no está Tadeusz Kantor?

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