Institutio Polaco de Cultura Madrid
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Łódź, cuna de la vanguardia

Łódź, cuna de la vanguardia

Łódź, cuna de la vanguardia
por Inés R. Artola


Este mes nos desplazamos a Łódź, ciudad polaca situada en el centro casi exacto del país. Cuna y referente de la producción industrial durante el S. XIX, acogió en sus barrios obreros un cruce de hasta cuatro culturas -polaca, rusa, alemana y judía- que dejaron su impronta en calles y edificaciones. Pasear por Łódź es encontrar barrios de casas y edificios anteriores a la guerra que muestran sus heridas de bala sin que nadie aún hoy día se haya tomado la molestia de aliviar su dolor, de curar sus cicatrices.

Es descubrir también moles gigantescas de bloques de cemento y hormigón que se plantaron en el radio exterior creyendo seguir los preceptos de Le Corbusier pero haciéndole flaco favor, tanto a la memoria del padre de la arquitectura moderna como de los habitantes que los poblaron.

Es pasar por puentes oxidados, clubs de estudiantes, salas de exposición escondidas. Es hallar, desde hace unos años, un complejo de fábricas como centro recreativo, cultural, hotelero, es esa mezcolanza que creemos tan moderna y tan propia de nuestros tiempos. Asimismo es, desde hace pocos meses, dueña de la estación de tren más grande de Europa, una soberbia y diáfana estructura que acoge al recién llegado en un halo de perfección y pureza de formas que contrasta con el óxido embarrado de sus calles. Es, en todo caso, un paisaje urbano divergente que posee un aura única que la envuelve y nos envuelve cuando recorremos sus calles, tanto las destartaladas, como las comunistas, como las ultra modernas.


Conocida por su Escuela de Cine (Wajda y Polanski frecuentaron sus aulas, por dar dos brillantes e internacionales ejemplos) y por su escuela de diseño industrial y diseño gráfico, posee una tradición artística de vanguardia pionera en toda Polonia y de referencia en la historia europea.  No en vano, el museo Reina Sofía de Madrid dedica una exposición este año (abril-septiembre de 2017) a una pareja  de artistas clave en la configuración de la vanguardia en el país: Władysław Strzemiński y Katarzyna Kobro.

Ambos artistas, junto a Henryk Stażewski, conformaron la primera colección pública de arte contemporáneo de toda Europa, precisamente en la ciudad de Łódź. Como lo oyen. 
Corría el año 1929 cuando Strzemiński, afincado junto a Kobro en Polonia desde hacía años, inició la correspondencia con artistas de todo el mundo solicitando la donación de obra para la conformación de una colección de arte contemporáneo que habría de presentarse al público de un modo completamente pionero. Ya en 1930, en nombre del grupo a.r. (“Los artistas revolucionarios” o, para otros también, “Artur Rimbaud”) y concretamente el 15 de noviembre, se presenta la colección de arte contemporáneo internacional en el museo municipal de arte de la ciudad de Łódź. En 1931 la colección contaba ya con apellidos de renombre internacional y de primera fila en las vanguardias: Arp, Calder, Delaunay, van Doesburg, Torres-García, Gleizes, Marcoussis, Prampolini, Seuphor, Schwitters, Vantongerlo y un largo etcétera junto a los principales representantes de la vanguardia polaca (los ya mencionados además de Chwistek, Czyżewski, Hiller, Witkiewicz, y tantos otros). Una impresionante lista que aún hoy día nos deja perplejos no solo por su variedad sino por el modo tan cercano, humano, honesto de conformarla. Se trataba de una iniciativa y gestión realizada únicamente por artistas en contacto con otros artistas en todo el mundo, nada que ver con la configuración de la primera colección de arte contemporáneo a escala mundial, la del MOMA de Nueva York, como sabemos, creada a golpe de coleccionistas e inversores.
Serge Fauchereau estableció una hermosa metáfora con este fenómeno: dado que la colección surgió de la nada, fue fruto de la fe en el arte y en las personas y se conformó como un referente europeo, bien puede ser comparada con la Atlántida (dice el autor) aquella isla mítica que supuso toda una potencia, un titán, desgraciadamente aniquilado de la noche a la mañana. Y es que, como pueden imaginar, la II Gran Guerra y la ocupación socialista posterior no hicieron sino mermar y perjudicar esta colección modélica: muchas obras fueron catalogadas por los alemanes como “arte judío” siendo destrozadas o extraviadas, posteriormente el poder comunista llegó a cerrar la sala neoplástica diseñada por Strzemiński y a provocar aún más pérdidas cuanto menos sospechosas. Un destino que, cuando se le atiende, no puede sino dejar una mezcla de indignación y melancolía.


Sin embargo, muchos han sido los autores que han reconocido el valor de la colección, directores que han luchado por su recuperación parcial y por la documentación de sus desapariciones. La sala neoplástica llegó incluso a reabrirse. Y ahora la ciudad de Łódź muestra orgullosa en su nueva sede del Museo de Arte Moderno (el llamado MS2 para diferenciarlo del MS1) esta colección, añadidos y una rica documentación. Hace tan solo unos meses se logró recopilar toda la obra teórica de Strzemiński publicada por el propio museo. Y las iniciativas se siguen multiplicando, por fortuna, y máxime si tenemos en cuenta que en un año nos sumergimos en el centenario del inicio de las vanguardias y la independencia del país.


Es Łódź la ciudad que contiene el secreto de esa colección, de ese museo, de un incluso intento de creación de una Bauhaus polaca por los mismos protagonistas: Strzemiński, padre del unismo e impulsor del constructivismo, y Kobro, escultora de talento y visión profética de formas y colores. Una pareja que hizo historia. No parece coincidencia, ni mucho menos accidente, que el recién desaparecido Andrzej Wajda (no solo uno de los más reconocidos directores de cine polacos sino que ha dedicado muchas de sus películas a pasajes concretos de la historia de su país) rindiera homenaje a Strzemiński en la película que ha puesto punto y final a su filmografía.
Pocos pasajes así se dan en la historia del arte y finalmente reciben su recompensa. Por descontado está que lo merecen, sin lugar a dudas.

Fot.: Sala Neoplastyczna,  Muzeum Sztuki de Łódź

 

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