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Late Polishness. Las formas de la identidad nacional después de 1989

Artes visuales
Late Polishness. Las formas de la identidad nacional después de 1989

Hay muchos motivos para hablar de Polonia en las últimas semanas, huelga decir que no muy bienaventurados, que están tambaleando los cimientos del país mientras los truenos se encargan de hacer lo mismo con el cielo durante las tormentas de verano. Tumultos, resonancias, noticias, todo bajo el paraguas de lo (y la) polémica, como la exposición que nos ocupa.

La identidad polaca mediante la forma es el leit motiv. Con auto ironía, sarcasmo, acidez, como solo aquí saben hacerlo. Símbolos, iconos, o bien cosas requetepasadas por más de un agua, abarrotan las salas: tema delicado. Presentar todo eso en uno de los museos de contemporáneo de Varsovia y referentes en el país, deja huella sin duda. Hacerlo con más de seiscientos trabajos, disciplinas, artistas de varias generaciones, varios curadores implicados y en cientos de metros cuadrados, es como asistir a una gran escenografía de lo polaco, donde se mezcla una grandilocuencia que roza con lo kitsch premeditadamente, para (al menos en apariencia) tirar por los suelos todo aquello que los identifica, y todo de lo que huyen. Artistas contemporáneos que toman en sus manos estas formas, mitos, símbolos repudiándolos alla Rimbaud. La paradoja y el espectáculo están servidos. Comenzamos.

 El cronograma parte de 1989. Las palabras sobran, ya saben que no fue solo la caída del muro de Berlín, si no que se lo digan a los que estaban más aún al Este. La liberación y la entrada al capitalismo (y todos los conceptos, muy cargados, que conlleva) fue al como arrojar una criatura a los depredadores. Un nuevo sistema que hubo que lidiar y dio sus frutos, a veces engendros, en un país que parece luchar o por su supervivencia o directamente, por su resurrección. El otro eslabón, más anclado que perdido en el tiempo, es 1918, año de la independencia (a un pasito de su centenario) que fue como el fin del comienzo (¿o viceversa?). Entre medias, casi un siglo de tejes y manejes, de guerras, exterminios, entre Este y Oeste, en una nación que parecía insistir por estos avatares en el plomo romántico que se continúa pesando sobre sus espaldas: de Solidarność  con Wałęsa, del Papa a la catástrofe de Smolenks, sin perder (claro) nunca de vista el Holocausto. Pesos pesados de la historia que siguen arrastrando el cadáver del padre, tras ya unas décadas del nacimiento de la criatura dentro de un mundo globalizado.

 Un neón en rojo sentencia en la entrada Nigdy nie będziesz Polakiem (Nunca serás polaco): advertencia de Hubert Czerepok que ilumina con ironía, poniendo sobre aviso sobre lo que se nos va a echar encima. Entramos con el teatro televisivo mickiewieczano efectista de primer plano para pasar a la reinterpretación de Gomulecki y Stanizewski del trabajo de Stanislaw Szukalski, artista y diseñador que en penos años veinte encumbró la estética tradicional eslovaca en busca de la identificación nacional con formas perfectamente comparables a las que empleará el poder que tomará el país nada más acabar la segunda guerra. Formas que en los años 50 acapararán el urbanismo, las exposiciones oficiales y la marca externa, si es que llegaba a salir de casa. Una semilla que ahora rebrota, por otro lado, o por muchos, como un rizoma.
 Tras la cortina, la bandera y sus colores ondeando con la ironía de Paweł Susid en óleo sobre lienzo, allá con la nada inocente voz de Ewa Sadowska y una proyección estilo Rothko que pierde su poesía para infiltrarse en los campos del fondo sonoro. Más a un lado, los restos, tal cual, de Koziolek Matolek, la cabra de atuendo blanco y rojo ídolo de la infancia, reencarnada en Michał Szlaga para recorrer el mundo. Tras altares que parecen y no lo son (o al contrario) se van tapando cada uno de los poros de la identidad, ya muy tocada, de la conciencia polaca: o bien un desfile de figuras del Papa de colores con todo su merchandising, o la manifestación (exaltada, casi de delirio, en el borde de lo peligroso) de la tragedia de Smolensk, o visitas, costumbres, temas, que se retuercen en espirales de las que parece que nunca se sale.

 Hay un alto en el camino, un paro que es un respiro pero que también resulta muy intenso. El trabajo de Nicolas Grospierre (su obra Fénix, ya presentada en España) junto a la imponente, impecable técnica de Nicolas en la fotografía del edificio –ya desaparecido- de Smyk en pleno corazón de la ciudad, nos habla con la perfección y buen hacer de su fotografía sobre la eliminación de aquellas construcciones que, sin ser monumentos, construyeron una identidad que soñaba con ser moderna para pasar a oxidarse, a no cumplir su sueño y finalmente desaparecer. Junto a ellas, la instalación de Witek Orski crea un contrapunto en plena armonía polifónica con voces del espacio, del tiempo del vídeo y de la imagen fotográfica, en una sala que es una transición (el estar en obras) y que parece un continuum en el espacio urbano que aquí nos rodea. Poesía de aluminio con cables de alta tensión.

 Hay también lienzos, como los irreverentes de Radzizewski o los más elegantes de Sasnal. O trabajos anteriores del gran genio desterrado (voluntariamente) Wodiczko, una rara avis en este paisaje que se mezcla con verdaderos iconos altamente politizados cristalizando en las esculturas de Bednarski con sus cabezas de Marx amenazando con destruir monolitos, y no al contrario, o cantando una victoria amputada en los dos dedos. Símbolos y más símbolos.

 Existe también una narración de artes escénicas, que no podía faltar en toda esta exposición escenografía: el mundo del teatro de mano de los grandes, como Akademia Ruchu en una de las más de centenares de instalaciones en las que el tiempo se funde en el espacio y deja reflexionar al compás dilatado sobre eso que pasa en escena, que pasa en nuestras cabezas. Y cine, mucho cine, varias salas aglomeradas con temáticas, collages, invitaciones a un visionado que, ni mucho menos, es de entretenimiento. Hay…hasta misa. Y elementos de desacralización por todas partes. Hay coda, también, en ese bonito arcoíris que una vez pareció lanzar una esperanza pero que finalmente fue quemado.

 Y mucho más, ya se imaginan.

 A la identidad ironizada solo le queda que reflexionarse a sí misma, que pensar hacia sus adentros, si realmente continúa siendo necesaria: encumbrada o sepultada, sigue apareciendo, continuamente. Las preguntas, al final, se queda en unos ¿para qué? y ¿hasta cuándo?

 Inés R. Artola

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