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Warsaw Gallery Weekend

Warsaw Gallery Weekend

Warsaw Gallery Weekend
por Inés R. Artola

El otoño varsoviano siempre se inicia plagado de festivales y convocatorias que movilizan a público y crítica nacional e internacional con propuestas que ya tienen una gran tradición (Warsaw Autum, por poner un grandísimo ejemplo) u otras que en pocos años han conseguido implantarse con gran éxito y nuevos desafíos. Este último es el caso de Warsaw Gallery Weekend, que en su cuarta edición ha demostrado cómo la calidad, la repercusión y el impacto no hacen sino aumentar. Un total de 22 galerías (repito y subrayo: 22) participan y abren sus puertas en una iniciativa que les hace dar lo mejor de sí. Y el público responde, porque  ese fin de semana, plano en mano, hay que deambular por la ciudad en busca de galerías: ahora en el bajo de un edificio, luego en un ático, o en un recinto industrial, o escondidas entre soportales. Es, en pocas palabras, tomarle el pulso a la escena artística de la ciudad, del país y de lo que viene de fuera.  Pongamos algunos ejemplos, a uno y otro lado del río…

Galeria Raster presenta una monográfica de Aneta Grzeszykowska titulada Selfie. Una dura intromisión, no ya en la intimidad de su autora, sino en los fragmentos recreados de su cuerpo (mutilados, atravesados, torturados) como un pasaje terrorífico, de pesadillas corporales y la más cruda violencia contrastando con un estudio de la composición y del proceso creativo minuciosa y primorosamente presentados. El choque de lo estético, de lo sensual, convertido en pegajoso morbo: el fragmento elevado a lo poético. Una galería de imágenes que se clavan, como los alfileres en las uñas, en la memoria. Remiten estas imágenes a la brutalidad bellmeriana en el  tratamiento del cuerpo femenino, a un realismo que roza con el delirio (algo en común comparte este trabajo con el de Magda Moskwa) y a las texturas mórbidas y sintéticas de Alina Szapoczników. El fragmento corporal, uno de los temas predilectos de los surrealistas, continua apareciendo en la escena del arte actual, incansablemente, con la eterna duda de su intrascendencia. Beelleza y al tiempo monstruosidad. Esta vez, retratados por una mujer. Diseccionados hasta la cosificación. Tiempos que corren. O lo que nos queda por vivir. 

Lokal 30 abre la primera exposición monográfica de Zuzanna Janin, una de las dos fundadoras de esta ya legendaria galería con una carrera de casi una década imparable. Un recorrido realizado ex profeso para la ocasión, algo que se siente desde un primer momento. La galería, en una especie de desdoblamiento, parece dividir en dos la estancia: en el ala derecha, raíces y antepasados, el ala izquierda,  los viajes, el errar por paisajes, hechos e idiomas. En ambos, enfrentamiento y huida, o viceversa, o al mismo tiempo. Lo estático y lo dinámico en un círculo que se cierra con un oscuro selfie de la autora por la noche que da cierre a una exposición profunda e íntimamente autobiográfica. En la primera sala, dos vídeos muestran a la artista-bailarina-niña danzando por su casa, en su hogar. Pero algo hay de inquietante: sus pasos y saltitos son mostrados al revés, la música también. Todo conforma un entorno onírico que no sabemos muy bien cómo tomarnos: ¿sueño o pesadilla?, ¿calor de hogar o desasosiego? La pared de enfrente está repleta de fotografías de árboles y concretamente sus raíces. La estabilidad, el origen, lo pegado a la tierra. Pero cuando ya entramos en la cadencia adormecedora de la temática repetida, una fotografía en la parte superior desconcierta: los pies de un niño saltando, en claro contraste con esas raíces, ¿hay que arrancarlas de cuajo?, ¿por qué las raíces a color y el niño en blanco y negro? , ¿no debería ser al revés? No, no es así.

El pasillo lleva una suerte de unión de las ideas de esta primera sala: la artista, de niña-bailarina, como una figurita en miniatura sobre el esbelto y fino tronco de un árbol. Lo volátil y la inestabilidad de la bailarina sobre lo perenne del tronco. Paradoja. La obra Siete padres, título que da a toda la muestra, es sin duda la más impactante visualmente, el punto culminante de la visita. Sobre pedestales que no son tal, sino de nuevo troncos de árboles, se encuentran retratados en pequeñas y traslúcidas figuras todos aquellos que fueron “padres“ para la artista. Sus referentes, la autoridad. Los enfrentamientos de generaciones, de ideas, de sexos, traspasan sus cuerpos diminutos, pequeños tótems retratados de memoria (una memoria tatuada a bolígrafo en el pasillo colindante) que posan en una suerte de templo iluminado a la izquierda por un sol que, naturalmente, los ilumina uno a uno como por arte de magia. En un ejercicio cuasi psicoanalítico, la autora escribe a cada uno de ellos, a mano, a lápiz, con una caligrafía difícil de descifrar y entorpecida además por la transparencia del mismo texto superpuesto y escrito a ordenador. Los textos, así, conforman un friso minimalista en su aparente equidad que bordea la estancia cargado de un contenido denso, difícil, indescifrable, al que resulta imposible enfrentarse. Como a la figura del padre. Autobiografia y universalidad en cada paso, en cada detalle. El ala izquierda, la de los viajes, presenta varias piezas. Una de ellas es una video instalación que narra el encuentro de la artista con otro artista entre Ucrania y Polonia, en un kilómetro “cero”. Todo queda registrado: su proceso para la preparación del  encuentro  en una  mesa compartida y la charla de ambos, cada uno en su idioma, durante horas. La comunicación puesta en cuestionamiento y en una metafórica y algo chistosa duda, que al final tiene sus resultados, no los lingüísticos, sino otros intraducibles. Para acabar, una escultura impresionante, realizada con el amado coche VOLVO de la autora. Una máquina imposible de transporte, que recuerda a un avión o al medio de transporte de super héroe de cómic. El coche, los recuerdos, su pátina, transformado en objeto de arte, en objeto de sueño. Invitación a una huída imposible. Para acabar, el selfie ya mencionado, que muestra a la protagonista entre lo real y lo irreal, casi desaparecida en el desafío de los negros de la fotografía nocturna. Un cierre y clausura en pantalla negra. Una exposición que no puede dejar indiferente. No se trata de autobiografía, aquí nos podemos ver a nosotros mismos, el universalismo queda patente en cada una de las piezas. Y seguirán viéndose reflejadas en ellas  nuevas generaciones. En eso consiste el arte, en trascender a su autor, a su público, a su época.

El otro lado del río ofrece igualmente suculentas propuestas enmarcadas en calles y recintos deliciosamente oxidados. Tal es el caso de Soho Factory, que lleva tres años en funcionamiento como meeting point de galerías, ferias, festivales, diseñadores y sibaritas. En su generoso emplazamiento se encuentran varias galerías. Leto presenta una interesante colectiva de estudiantes de la academia cinematográfica, televisiva y teatral de Lodz. Trabajos inspirados en la luz y sus posibilidades, encerrados en una pequeña sala, pero con la distancia suficiente como para captar el aura volumétrica, lumínica y sonora, cautivando la atención de todo aquel que se posicione frente a ellos. Las sombras de un misterioso atardecer, con el sol a 18 grados exactos de posicionamiento frente a nosotros, despertando una paleta irreal y casi artificial en el trabajo de Magdalena Kulak. El viento, el aire, el oxígeno en movimiento interior y exterior acompasado por el aria musical de una pieza indescifrablemente poética en el vídeo de Katarzyna Perejko. El cuestionamiento del arte, de la existencia, del atril, el caballete y el trípode, de la doble, la triple y la infinita dimensión en la gran pregunta formulada en neón sobre plancha fotográfica de Lukasz Filak (What is it for?...). O la performance de apertura, con Aleksandra Chciuk, encerrando su cuerpo entre las tapas de un gran piano de cola, ése que encerró su alma durante años. Esos mismos que impresionan (su alma, y el piano) al público y a los curiosos que se asoman a las instantáneas recogidas en polaroid y a los fetichistas que se acercan a sus zapatos y guantes abandonados tras la escena. Mucho que ver, que pensar, que sentir.

Y, por supuesto, mucho más. 22 galerías. Aquí solo tres ejemplos. Imagínense el resto.
Dicen que para conocer la obra de un compositor hay que escuchar su música de cámara,  y que para conocer la de un escritor, sus relatos y correspondencia. Por lo mismo, para conocer la escena del arte  hay que visitar las galerías y sus recovecos. Para tomar el pulso a lo que está sucediendo, a tiempo real.

 

Inés R. Artola (Málaga, 1979). Doctora en arte y musicóloga. Varsoviana de adopción desde 2004, compagina su labor docente con la crítica, la traducción y el comisariado de arte. En definitiva, se dedica a una de las primeras cosas que le enseñaron a hacer: leer, escribir y pensar (no necesariamente en ese orden).  En artesvisuales.pl  nos hablará mensualmente sobre lo que sucede en la escena artística actual en Polonia visto a través de una mirada extranjera.

http://www.warsawgalleryweekend.pl/

Foto: Meeting halfway. Zuzanna Janin y Karmen Stoyana. 2014. Instalacja video.

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